Moneda

Síganos

Tu carrito

Tienes (0) productos $0
ANUNCIO
web_banner_1115x116_1_1.png

Mi primer día como profe: la pregunta me sorprendió

Magisterio
04/10/2018 - 21:00
0

Desde las cuatro y treinta de la mañana estaba despierto. El ruido de baldes, gritos de trabajadores, canto de aves, balidos de terneros, no me permitieron terminar mi larga noche. Las mujeres desde la cocina murmuraban y se reían a grandes carcajadas, comentando situaciones vividas en el pueblo el día anterior que había sido domingo y hacía romper la rutina tradicional del campo caqueteño.

-Doña Alixander, dónde puedo bañarme? -pregunté con algo de vergüenza.

-Pues en el río, profe -respondió la dueña de casa y volvieron a escucharse risas en tono muy bajo.

- Será que el profe desayuna antes de irse? -murmuró Doña Alixander, la esposa del dueño de la finca donde funcionaba la escuela Rico- Abajo, en el municipio de Valparaiso Caquetá, a orillas del río Pescado.  

 

- Doña Alixander, !no! -grité desde la habitación que me habían asignado. No estoy enseñado a desayunar tan temprano. Insistí.

Las mujeres volvieron a reír estruendosamente al saber que yo había escuchado su conversación y continuaron hablando más bajo.

Al ver que era el único que continuaba en cama, decidí levantarme, arreglar la cama, buscar la ropa de mi maleta, sacar la toalla y aprestarme a tomar una ducha. Salí al corredor contiguo a la cocina y tocando la puerta de la misma pregunté:

-Doña Alixander, dónde puedo bañarme? -pregunté con algo de vergüenza.
-Pues en el río, profe -respondió la dueña de casa y volvieron a escucharse risas en tono muy bajo.

Comprendí entonces que mi comodidad de pueblerino, había cambiado. Que no tendría una ducha, un lavamanos y un inodoro. Que de ahora en adelante, el río solucionaría muchas de esas cosas.

Alisté mi toalla, unas sandalias, una pasta de jabón, el cepillo con crema y me dirigí a la orilla del río, caminando despacio para no undirme entre la arena y el barro que se conjugaban en ese trayecto. 

La vista era hermosa, el sol apenas empezaba a aparecer en el oriente, la brisa suave golpeaba mi dorso desnudo, al tiempo que hacía doblar los árboles de la orilla y el murmullo que provocaba el viento en medio de ellos era algo misterioso.

Me bañé y regresé rápidamente para vestirme y salir hacia la escuela que se divisaba a unos dos kilometros de distancia encima de una pequeña meseta. Yo no dejaba de verla, de imaginar cómo sería, de esperar unos niños que nunca antes había visto, de no saber qué grados tendría, ni cuántos niños cada uno de ellos. Pero, había algo peor, la licenciatura que había terminado en la universidad no me preparó para enseñar en primaria, ese era mi mayor temor.

Al notar que había terminado de vestirme, doña Alixander me ofreció un humeante chocolate en leche el cual estaba servido en una taza inmensa que reflejaba colores como del arcoiris y brotaba espuma de leche fresaca, estaba la bebida acompañada de dos pedazos tan grandes de pan, que pensé que no iba a poder comerlo todo. Sin embargo, su delicioso sabor me hizo devorar todo tan rápido que no me dí cuenta que me estaba quemando los labios.

- Quiere más profe? -preguntó doña Alixander.
-Quiere más profe? -onsistió al notar que por mirar la escuela, yo no respondía.
Algo me trajo de vuelta al sencillo comedor de esa casona de finca caqueteña y volteando a verla le respondí casi gritando.
-No. No señora. Muchas gracias, estaba muy rico todo.

ANUNCIO
banner_formacion_web_336x280_4_0.png

Eran ya casi las siete de la mañana y los hombres de la casa que estaban de pie desde las cuatro, dedicados a las labores de corral, regresaban a casa sudorosos y enérgicos. Empezaron a sentarse alrededor de la mesa donde yo terminaba de comer y beber. Ahí fue donde observé que el desayuno de ellos y que yo una hora antes había decidido no recibir era un plato de caldo con huevos de campo y carne. El olor me pareció extraordinario, pero no me pesó haberlo despreciado porque con el chocolate y el pan campesino tenía para toda la mañana. Reconocí que esa dura labor física que desarrollaban los campesinos, tan distinta a la que yo apenas iba a iniciar requería de mayores cantidades de energía y carbohidratos.

Me paré de la mesa al tiempo que pedía permiso, y me fui a la habitación, para alistar mis libros y dirigirme a la escuelita que me esperaba unos dos kilometros más adentro. Volví a mirarla y a imaginarme cómo sería adentro. Salí para tomar el camino que desde la casa a la orilla del río se veía serpenteante llegar hasta la cima de la meseta. No dejaba de pensar que iba a hacer ese día con esos niños. 

Al salir de casa, pensaba que iría caminando hasta la escuela, sin embargo, Don Fabio, el dueño de la finca, se me acercó y me dijo:
-Profe, tome este caballo. Así llegará mas rápido y descansado.


Miré al campesino y con mis ojos y una sonrisa le dí las gracias. Quería llegar antes que los niños, alistar algo, un cuento, una canción, una lectura, una dinámica, comenzaba a estresarme el no tener algo preparado, para unos niños que no conocía y que no me conocían pero que seguramente estaban ansiosos igual que yo por llegar a la escuela.

El trayecto entre la casa y la escuela se me hizo corto, el caballo se dirigía casi solo por el camino, se notaba que lo conocía a la perfección, se acercaba a las puertas y broches que había que abrir y luego pasar dejar cerrados. Al llegar me bajé de la bestia, bajé mi maletín con libros, traté de limpiar un poco el poco que denotaba la falta de presencia de un docente en ese sitio por meses.

Después de dar una vuelta alrededor de la escuela, me di cuenta que tenía una sola aula, algunos libros en unos rincones, algunas imágenes colgadas, un piso de cemento rústico, las paredes eran de madera con unas hendijas tan grandes que mis dedos cabían completos, un viejo balón de fútbol abandonado y unas mesas hexagonales con sillas pequeñas, un escritorio desvencijado que deduje era el del maestro. Corrí la silla y me senté, abrí los cajones y empecé a buscar que encontraba, solo hallé unos colores, marcadores y papel.

Estaba en eso, cuando empecé a escuchar los gritos de los niños que ya estaban llegando a la escuela, salí a recibirlos y saludarlos. Les dí la bienvenida, les pregunté los nombres, quienes eran los padres, a qué distancia estaban sus casas, etc. Noté que todos tenían los mismos rasgos de campesinos caqueteños a los que yo conocía bastante bien.

Cuando les dije que ingresaran a la única aula que había, llegaron dos niñas, distintas a las otras, digo que eran distintas, porque en el Caquetá, los niños del campo no se acicalan mucho para ir a las escuelas rurales y más si éstas son distantes de los cascos urbanos. Ambas llevaban el cabello bien recogido, estrictamente peinadas, sus zapatos de cuero bien limpios (los otros niños iban en botas de pantaneras de caucho). Los ubiqué a todos por grupos según sus grados y pensé que un cuento infantil rompería el hielo. Mi formación en literatura ayudaría en ese momento de angustia, pensé y así fue. El cuento llamó su atención, se reían y murmuraban pues lo narré con toda la mímica posible, pensando en desarrollar mi capacidad de asombrar.

Al terminar la narración, volvía a llamar su atención para repasar sus nombres y saber a qué grados pertenecían. Pero una de las dos niñas que parecían diferentes a las demás, me había dicho que ella iba a cursar quinto, levantó su mano y me preguntó:
-Profe, ¿hago el cuadro control de progreso?
La pregunta me sorprendió. No sabía qué responder, no podía quedar como un ignorante delante de todos. Los niños me miraron esperando mi respuesta. Yo no tenía ni idea que era el: CUADRO CONTROL DE PROGRESO. Entonces devolví la pregunta tratando de impresionar.
- ¿Cuadro control de progreso?
- Sí profe, ¿el cuadro control de progreso, lo hago o no?
- Ah, si claro. Hágalo. Pero que quede bien hecho. Insistí en tono grave y seguro.

El "bien hecho" lo dije para saber exactamente qué era, porque yo no tenía ni idea, pero sí iba a mirar bien lo que esa infante realizaría. La niña tomó su regla, diseñó a la perfección un cuadro que contenía indicaciones, espacios para reseñar actividades, otro espacio para vistos buenos y notas del docentes, etc.

Ese día me di cuenta que en esa escuelita ubicada en la llanura amazónica, en esa vereda, en ese río, en ese camino, con esos pocos libros, sin ningún recurso tecnológico, era más lo que iba a aprender que lo que iba a enseñar. Y así fue.

Carlos Adrian Obando Yanguas
Instituto Técnico Industrial Florencia

Photo by Nikhita S on Unsplash