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Interactividad y contextualización como herramientas para incentivar la lectura

Por Sergio Restrepo Vargas
Magisterio
24/07/2018 - 15:45
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Foto de twenty20. Tomada de Freepik

El exceso de información debido a la cada vez más demandante tecnología ha ayudado a crear una generación con poca concentración. La gran cantidad de estímulos procedentes del internet, la televisión, los teléfonos “inteligentes”, los videojuegos, entre otros, ha diezmado la atención y esfuerzo de los niños en una constante búsqueda de estímulos cortos que conduce básicamente a la distracción y al aburrimiento en tareas prolongadas como lo es la lectura.

El lenguaje es la herramienta que tenemos en común para desarrollar cualquier asignatura. La competencia lectora, siendo la habilidad para recibir y asimilar la información escrita, es fundamental para la formación del individuo en cualquier área que se quiera desempeñar. El niño de hoy en día se distrae muy fácilmente y eso lleva a una intermitencia en la comunicación, que a su vez lleva no sólo a obstaculizar el proceso educativo dificultando la asimilación del contenido en el aula, sino a malentendidos diversos que van continuamente segmentando a la sociedad. Por este motivo muchas veces las clases requieren de un esfuerzo adicional para captar la atención de los estudiantes y esto generalmente se convierte en una lucha desgastante para el docente.

+Lea: Proyecto Planeta Tierra

¿Por qué la tecnología es tan llamativa? 
Empecemos diciendo una realidad: la tecnología es parte indispensable de la sociedad y atrae cada vez más. Es una herramienta gigante que como hemos visto en muchos casos distrae, confunde y expone al niño a diversos engaños. Sin embargo, no deja de ser una herramienta y podemos marcar una diferencia al integrarla adecuadamente al proceso de aprendizaje. 

La asignación de tareas para desarrollar por internet ha ido creciendo, pero hay algo más eficaz para lograr nuestros objetivos en las clases: entender por qué esta interacción es tan atractiva, aprender de su funcionamiento motivacional y usar ese conocimiento para acercar al estudiante al objeto de estudio aprovechándola en pro de la educación.

El uso de la tecnología implica una comunicación bidireccional empoderando a la persona, pues deja de ser meramente receptiva a tener poder de decisión sobre el aparato. Esto estimula considerablemente la experiencia, pues el usuario se siente al mando para buscar y encontrar cualquier cosa que desee. 
Si enmarcamos la clase de una manera en la que el estudiante sea cien por ciento receptivo es muy fácil que se distraiga. Pero si le hacemos sentir que tiene algún tipo de control, de poder de decisión, de expresión de su realidad; siempre bajo el control del docente, se irá apropiando de su proceso y su motivación crecerá. Si ya sabemos esto, ¿para qué seguir desgastándonos sin necesidad?

Si no puedes vencerlos, únete a ellos
El proceso de aprendizaje de cada individuo es diferente. Unos comprenden más rápido que otros y no exactamente lo que se les quiere mostrar sino lo que se adapte mejor a lo ya conocido. Por eso si la materia a ser explicada se presenta como algo intangible, ajeno y totalmente teórico ya de por sí, antes de comenzar, se crea una barrera entre el objeto de estudio y el alumno. Peor aún si se presenta de una manera vertical, impuesta, sin ningún espacio al debate u opinión de los educandos.

+Lea: La lectura y la escritura en la era digital

De un tiempo para acá esto ha venido cambiando. Existen ya métodos específicos como la gamificación, las actividades lúdicas, el neuroaprendizaje, el transmedia, el storytelling, el design thinking y muchos etcéteras más. Todos coinciden en la importancia de crear un interés más allá de la obligación como tal. Ese interés puede ser impuesto o no. Si invertimos mucho de nuestro tiempo en clase tratando de crear ese interés significa que algo no va bien, pues es desgastante e inefectivo. Ahora, si desde el comienzo logramos contextualizar la materia basándonos en los intereses de los estudiantes, vamos a ahorrar esfuerzo, pues serán ellos mismos, desde lo que les interesa quienes participarán activamente para, con un pensamiento crítico, encontrar respuestas o generar nuevas preguntas a resolver. 

Así nos vamos encaminando hacia un aula en donde el esfuerzo no provenga únicamente del docente, sino que todos los involucrados lo proporcionen. De esta manera se equilibra la carga y mejor que eso, se ayuda al niño a ser partícipe activo de su propio proceso educativo.

Construir lo complejo desde lo rápido, fácil y sencillo
La lectura aburrida y fuera de contexto bloquea las ganas del lector. “La lectura obligada es nefasta. Lean por placer. Tengan una profunda sospecha” Alvaro Mutis en entrevista concedida a Marta Rivera de la Cruz / Universidad Complutense (1997). 

Para cultivar el gusto por la lectura hay que empezar con la motivación que ya existe. ¿Qué mejor forma de despertar el interés que involucrando al lector utilizando precisamente lo que le importa mezclado con los temas de la clase? Esto es la contextualización. 

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Haciendo un paralelo con la motivación que despierta la tecnología y teniendo en cuenta que los videojuegos son lo más vendido en la industria del entretenimiento, las actividades cortas y competitivas permiten ir desarrollando esa capacidad de atención continua que se requiere para leer textos largos y/o complejos. 

Todo esto requiere de planeación, creatividad y flexibilidad. Para descubrir sus gustos es importante hablar con ellos, investigar en los medios sobre lo que interesa a los jóvenes hoy en día y ser más que alguien a quien hay que obedecer. Mostrarse receptivo y abierto sin nunca salirse del rol de educador y por lo tanto de autoridad. Ser un guía y facilitador en el proceso de cada uno con mucho cuidado de no hacerlo de una manera impuesta y/o forzada evitando invadir su espacio, pues así se obtendría el efecto no deseado.

Los estudiantes responden satisfactoriamente cuando sienten empatía. Algún vínculo. Algo en común. Es decir, si a un estudiante le gusta el fútbol puedo hablar un poco con él al respecto, pues a mí también me gusta. Si es aficionado a algo ajeno a mí, al hacer pequeñas preguntas sobre el tema sentirá que le estoy dando importancia.

Ahora como este proceso puede llevar su tiempo, un atajo es dividir el aula en grupos que durarán un bimestre, un trimestre o todo el año escolar (como se quiera, aunque entre menos tiempo, habrá más variedad y potencialmente más concentración). Al ponerlos a escoger un nombre y una bandera o símbolo, ellos mismos se apoyarán en sus propias motivaciones. Al ser parte de un grupo, la competitividad se va a despertar y ¿a quién no le gusta el juego? Ya hay un contexto personalizado con el cual trabajar. Adicionalmente, el trabajo en equipo ayuda a desarrollar el sentido de pertenencia. Pertenencia a un grupo, a un curso, a un colegio, a un entorno social, a una cultura. Sentir que se tiene capacidad de decisión.

El poder de decisión acá juega un rol importante. El empoderar a los estudiantes en proyectos en grupo genera la oportunidad de estimular la competencia sana y recalcar el hecho de que dependiendo de lo que hagan o no, habrá consecuencias no sólo para el individuo, sino para su entorno: el grupo de trabajo. Se estimula la capacidad de discernimiento, de darse cuenta que existen resultados reales con cada decisión que se tome. Que aunque se es libre para decidir, habrá consecuencias que repercutirán en la persona misma, en su familia y sus alrededores.

Un ejemplo sencillo de contextualización sería en clase de matemáticas cambiar el enunciado “2 personas van en un automóvil a una velocidad x…” por “Falcao y Messi van en un vehículo a alta velocidad…” Aunque el resultado de la operación va a ser la misma, la experiencia motivacional es la que cambia, pues el estudiante se identifica de algún modo con esos personajes. Aquí entra a jugar un papel fundamental el ingenio del docente.

¿Cómo despertar entonces el interés de los estudiantes en la literatura que está en el currículo y la cual parece ajena a su contexto? 
¿Cómo contextualizo un libro escrito hace varios siglos por un autor que vivió en una tierra lejana y con una cultura diferente?

Mi respuesta es: creando puentes. Analogías. La condición humana es el vínculo que articula cualquier tipo de arte con el receptor. Los sentimientos, emociones, pensamientos y vivencias afines son los que unen a cualquier comunidad para que considere a una obra de arte (en este caso la literatura) como importante. Es decir, en toda obra literaria valorada culturalmente se encuentra esa afinidad emocional y/o intelectual con los lectores potenciales. El reto es identificarlas y lograr articular puentes contextuales. Empoderar al estudiantado a que con su propia curiosidad intelectual y emotiva se vaya descubriendo y reconociendo a sí mismo a través de la lectura mientras crece en todos los sentidos. Adaptar la lectura a sus motivaciones e intereses. En el caso de los grupos, hacerlos compartir experiencias acordes al contenido del libro.

En resumen, el adaptarse a las necesidades y/o intereses del niño en lugar de obligarlo a acomodarse al objeto de estudio ayudará a enseñar a disfrutar de la lectura, a demostrar que todo tiene su momento, a darse cuenta que el conocimiento se fija mejor al disfrutar del proceso y que el docente, siendo el modelo a seguir, es quien debe gozar más para poder comandar los procesos con un rumbo positivo y feliz. Hacer que el educando se acerque transmitiendo esa motivación personal por ser partícipe del proceso educativo con la convicción de estar ayudándoles a vivir la etapa de ser niño cuando realmente se necesita y así dar de nuestra parte construir una sociedad mejor.

Sergio es autor del libro: Proyecto planeta tierra

Foto de twenty20. Tomada de Freepik