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El esfuerzo y la autoexigencia: virtudes indispensables en la relación pedagógica

Por Isabel Cristina López Díaz
Magisterio
02/12/2015 - 16:15
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Foto de Universidad EAFIT. Tomada de Flickr

De unos años para acá y cada día con más fuerza, escuchamos consignas en todos los medios de difusión y publicidad, relacionadas con la gran posibilidad de lograr lo que necesitamos “fácil y rápido”; “Aprenda inglés en unos días y sin esfuerzo”; “Gane mucho dinero sin mayor esfuerzo”; “Presentamos el mejor método de lectura rápida”; “Hágase técnico profesional en muy corto tiempo y sin dificultades”, se predica, sin importar las consecuencias que esta promoción trae en la formación de los niños y jóvenes. 

 

Se está imponiendo una apología irresponsable e irracional a la flojera, a la ociosidad, al facilismo, a la pereza; se está volviendo paradigma la noción de una vida de bienestar y comodidad sin trabajo ni exigencia, basada en la fantasía montada por la publicidad y el mercado de que todo se puede conseguir resuelto. Hoy, los ídolos son el dinero fácil y rápido, el aprendizaje fácil y rápido, la tarea fácil y rápida, el trabajo fácil y rápido, tornando asunto de tontos el esfuerzo, la autoexigencia, la tenacidad, la constancia. 

 

Pero la realidad es completamente contraria: Si el cuerpo y la mente humanas no se esfuerzan y ejercitan permanentemente se subdesarrollan, se atrofian. La quietud, la pereza, la comodidad como ahorro de esfuerzo físico, mental y espiritual, están produciendo males tan graves como la obesidad, la depresión, el miedo e incapacidad de enfrentarse a problemas naturales de la cotidianidad, la angustia y el sinsentido que llevan a conductas adictivas, abusivas, egoístas o suicidas. Mientras tanto, paradójicamente, la industria del cuerpo y los cosméticos imponen hoy la consigna de que para tener una vida sana, para mantener las medidas perfectas, la belleza y la salud, es indispensable realizar el ejercicio físico, siempre en gimnasios costosos y gracias a la utilización de máquinas y aparatos que reemplazan el esfuerzo y dan resultados “rápidos”, cuya compra y tenencia constituye estatus y prestigio social, también fácil y rápido. 

 

+Lea: ¿Qué competencias debe desarrollar el docente-innovador en el siglo XXI?

 

Todos los días nos confrontan los estudiantes con su pereza de caminar, de subir la montaña, de montar en bicicleta, de escribir, de emprender búsquedas intelectuales. Para qué –dicen–, si hay máquinas y aparatos que lo hacen todo sin dificultad y muy rápido; si en la red solo con un click se encuentran todas las respuestas en segundos. Los formadores se enfrentan a las ilusorias ofertas que presentan el mercado, la publicidad y los medios masivos de comunicación según las cuales se puede vivir casi sin cerebro o con lo mínimo, porque todo está resuelto por otros, desde afuera, sin el esfuerzo y la creación personal. 

 

Qué es el esfuerzo? 

El esfuerzo podría definirse como la cantidad de fuerza física, mental emocional que, de forma intencionada invierte una persona para sacar adelante una tarea y lograr lo que se propone. Es, como diría alguien, poner en acción la inteligencia, las emociones, la pasión, las fuerzas físicas, para vencer dificultades y obstáculos con el fin claro de alcanzar un cometido.

 

Sin esfuerzo no es posible conseguir desarrollo del pensamiento, de las facultades intelectuales, capacidad de raciocinio y argumentación; no es posible construir saber y acceder a dominios del conocimiento, la ciencia y la tecnología. Es un factor fundamental para alcanzar la madurez como persona. Quien no ha tenido la necesidad y oportunidad de esforzarse no va a poder comprobarse que es capaz de encarar los retos diarios. No va a poder encontrarse con sus propios talentos y regocijarse con su propia capacidad de crear y construir su vida; por lo cual, la actitud pedagógica de los adultos formadores hacia los niños, no puede ser ahorrarles el esfuerzo, minimizar las dificultades o complejidades, sino todo lo contrario, ayudarles y acompañarles a construir estrategias interiores y externas para enfrentarse a ellas con solvencia, creatividad y confianza en sí mismos.

 

“Con el esfuerzo se relacionan otros términos como sacrificio, empuje, tesón y persistencia. El esfuerzo como capacidad personal se fundamenta en la voluntad (como expresión del gobierno del “yo”) y se ejercita como consecuencia de la motivación y la autoexigencia” (Hernández, P.: “Variables personales y contextuales del esfuerzo escolar. Moldes mentales de “inteligencia emocional ”, en Aula de Innovación 120. pp. 22-28).

 

Como dice Cesar Coll: “El esfuerzo no es un rasgo personal, estático e inalterable de los alumnos exclusivamente atribuible a sus características individuales. El esfuerzo y sus componentes de motivación y voluntad son educables, se enseñan y se aprenden y por tanto se pueden desarrollar en las personas” (op. cit. pp. 37-43).

 

Podríamos decir que el valor del esfuerzo se aprehende desde la primera infancia. Comenzando por organizar sus juguetes, ordenar sus implementos de uso personal: saber dónde está su ropa, conocer la ubicación de los objetos en su cuarto, en su aula, pasando de forma progresiva por aprender a cuidarse, colaborar en los oficios de la casa, hasta llegar a valerse, pensar y decidir por sí mismos, a movilizarse para conseguir lo que necesita y a transformar las situaciones adversas, complejizando la dificultad, son los aprendizajes que deberán encarar en ambientes y acompañados siempre de adultos amorosos y pedagógicos. 

 

Al contrario, asumir que la técnica o las tecnologías sustituyen el esfuerzo personal, no presentarles la oportunidad de intentar valerse por sí mismos, realizar sus propias creaciones; o no invitarlos a alcanzar lo que buscan, a ir por lo que quieren, siempre con el apoyo emocional de quienes los aman, generará a la postre una dependencia que construye inutilidad y produce sentimientos de impotencia y de inconformismo o resignación pasiva, con lo cual los llevaremos a no saber valorar lo que tienen y lo que cuesta tenerlo; a no identificar la carencia y la manera de superarla a través de las propias capacidades y realizaciones. 

 

El esfuerzo y la voluntad 

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¿Cómo se logra que una persona quiera esforzarse, asumir la exigencia y movilizarse a conseguir lo que desea y lo que busca? 

 

En la respuesta a este interrogante intervienen varios elementos. Veamos: 

 

La voluntad: ella es el motor, la fuerza, el timonel del barco que orienta y dirige con firmeza y seguridad. La voluntad está íntimamente ligada a la libertad, a la posibilidad de elegir, de optar entre una alternativa y otra. 

 

Pero, para escoger, además de ser libre, es necesario querer: querer conseguir algo, querer tener algo, querer aprender algo, sentir el deseo de descubrir algo, de demostrar algo; requiere de una inclinación, de una tendencia hacia algo. La voluntad sirve para no darse por vencido a la primera dificultad: para crecerse cuando las cosas andan mal, cuando hay dificultades, cuando son mayores los retos. 

 

Requiere, también, y de manera muy importante, ser capaz de tomar decisiones con carácter y determinación; asumiendo que al hacer una elección, comienza un camino de realizaciones, de exigencias y de compromisos y se impone una espera. Por ello, integrantes esenciales de la voluntad son la paciencia, la perseverancia, la constancia. La certeza de que los esfuerzos y las renuncias de ahora, tendrán su recompensa después. Solo quien tiene voluntad firme y tenaz, sabe construir, elaborar, crear. Sabe esperar, aceptar que los frutos no se recogen de inmediato. Sabe esforzarse, rechazar la pereza, el facilismo, las ideas que magnifican la suerte, el azar, el dejar pasar.

 

La voluntad indeclinable de alcanzar un propósito lleva a repensar, a reelaborar, a corregir, a replantear las búsquedas, los caminos, las estrategias, sin dar lugar al desaliento, hasta obtener la victoria. 

 

Sabemos que esta necesaria voluntad no se da silvestre, o por los genes, sino que ella se forma, se construye, se alcanza; entonces, la educación, las interacciones, los ambientes y las relaciones de los adultos formadores deben orientarse a posibilitar, metódica e intencionadamente, el encuentro de cada ser en formación con su fuerza de voluntad o con su tenacidad, su espíritu de lucha y su incalculable capacidad de esfuerzo personal. Si hay algo en nosotros verdaderamente divino, es la voluntad. Por ella afirmamos la personalidad, templamos el carácter, desafiamos la adversidad, corregimos el cerebro y nos superamos diariamente (Ramón y Cajal, 2000).

 

La motivación. Es la fuerza interior, el deseo, el ansia de algo o por algo, el interés que moviliza, entusiasma, anima permanentemente. Es un compromiso afectivo, pasional, que se experimenta cuando la persona está convencida que lo que quiere es importante, tiene sentido. En otras palabras, cuando alcanzar, obtener lo que se desea, vale la pena, satisface, gratifica, devuelve la imagen de luchador capaz de triunfar. 

 

“Los alumnos se esfuerzan en la realización de una tarea o actividad de aprendizaje cuando entienden sus propósitos y finalidades, cuando les parece atractiva, cuando sienten que responde a sus necesidades e intereses, cuando pueden participar activamente en su planificación y desarrollo, cuando se perciben competentes para abordarla, cuando se sienten cognitiva y afectivamente implicados y comprometidos en su desarrollo, en suma, cuando pueden atribuirle un sentido” (Coll, 1988; Sole, 1993).

 

Con frecuencia se afirma que los niños tienen pereza, que “son vagos”, que nada les interesa, que “no quieren hacer nada”. Ante esta reiterada queja es importante que adultos formadores y especialmente maestros y maestras se den a la tarea de encontrar la diferencia entre obedecer por obligación, seguir instrucciones y movilizarse para hacer realidad las órdenes y deseos de otros, extraños a uno mismo, lejanos al momento vital; y movilizarse por convicción a cumplir los sueños propios, las metas personales. Es decir, que el problema se traslada a la Escuela y la hace parte responsable de la queja; le exige asumir que nadie se esfuerza porque sí; le impone reorientar la tarea pedagógica sobre todo hacia ayudar a construir en los chicos, permanentemente, metas, sueños, ganas, deseos, ilusiones, preguntas, intereses, descubrimientos, motivos, convicciones profundas, firmeza para actuar y ya no preocuparse más por lograr reproducción de contenidos, obediencia y cumplimiento de tareas que no les convocan a nada porque son los deseos y las urgencias de un externo, a las que no le encuentran ningún sentido. Y que, en consecuencia, se necesita una pedagogía para el fortalecimiento de la voluntad, para la adquisición de hábitos. Una relación pedagógica que ayude a construir un motivo interior, una capacidad progresiva para encarar dificultades que, respetuosa y considerablemente, se van ensanchando, complejizando, y solo movilizan al sujeto a enfrentarlas cuando les encuentra significado, sentido, importancia para su desarrollo vital. 

 

Cuando se es muy niño es necesario aprender a cumplir tareas elementales, que vienen de afuera, son orientadas por los adultos que nos cuidan: comer a horas, dormir periodos determinados, no meter las manos en orificios eléctricos, reconocer los peligros y alejarse de ellos, saludar a las visitas, cuidar los juguetes, botar la basura en el lugar indicado, portarse de manera cautelosa en la calle, obedecer las señales de tránsito, etc. Es una necesaria y oportuna acción externa de los adultos responsables, que va llevando a realizar tareas, a interiorizar normas, a tener límites, para convivir y ser aceptado. 

 

Pero eso tiene sentido constructivo, éxito pedagógico, si el adulto va previendo y procurando que ese factor y esa orientación externa vayan siendo cada vez menores, hasta llegar a desaparecer, ante el surgimiento del sujeto que se autorregula, se autoexige, se auto ordena, se traza sus propios límites, sus propias metas, sus retos, se busca sus caminos, en otras palabras, se dirige hacia la autonomía, hacia la libertad y gana madurez progresiva, de la mano afectuosa y generosa de los adultos formadores. 

 

Es necesario que la acción externa (del adulto), la acción y la relación pedagógica formativa, vayan permitiendo al niño crecer interiormente, encontrar su ser interior, su fuerza de voluntad, sus talentos, sus aptitudes, sus dificultades; le proporcione relaciones, espacios y compromisos que le posibiliten la comprensión del significado y el sentido del esfuerzo para que aprenda el valor del mismo y este se le vuelva una virtud, que poco a poco pase a ser un principio que guíe su vida, del que obtiene pautas para tomar decisiones y gestionar los obstáculos emocionales que aparecen durante las situaciones de esfuerzo.

 

Desarrollar el esfuerzo personal debe constituir un valor fundamental en la intención de la tarea pedagógica. Una tarea que debe estar conformada en proporciones idénticas por dos elementos: por la exigencia y por la ayuda. Es decir, no se pueden dejar solos, porque en el abandono no se construye autonomía y se mina la seguridad; pero hay que impulsarlos hacia la búsqueda acompañada y generosa de su autonomía y su seguridad. Conseguir metas y propósitos, vencer dificultades, alcanzar alturas, les hará sentirse felices, capaces y valiosos. 

 

A manera de conclusión

Quien se encamina a educar la voluntad: 

 

 No hace de sus intereses y prioridades la tarea principal de los chicos y chicas sino que se ocupa de ayudarles a tener sus propios sueños, ideales, 

metas y deseos; les da herramientas y les acompaña a ir por ellos con decisión.

 Reconoce y valora los sueños, los deseos y las aspiraciones de cada persona en su proceso de formación y desarrollo. 

 Orienta y apoya la formación de hábitos de trabajo y rutinas de responsabilidad frente a las necesarias tareas cotidianas.

 Visibiliza disposiciones y aptitudes personales (talentos) frente a la adquisición de hábitos y de responsabilidad.

 Proporciona medios y herramientas para superar desconfianzas, limitaciones y dificultades

 Exalta, de forma reiterada y con su ejemplo, el hábito de enfrentar el trabajo arduo

 Dedica mucho trabajo pedagógico a la formación del raciocinio y la argumentación, como manera de conseguir motivación, entusiasmo, ganas.

 Trabaja decididamente en la construcción de seguridad y confianza en sí mismos, en la adquisición de convicción y de pensamiento propio. 

 No castiga ni amenaza por los errores; antes bien, enseña a valorarlos positivamente; los presenta como una posibilidad de mejorar, como un paso en el camino, un momento necesario en el aprendizaje y los logros. 

 No impone tareas sin sentido y procura que los chicos pasen de ser controlados y dirigidos por factores externos, al autocontrol, la autorregulación y la autoexigencia.

 Entrena y acompaña para aprender a tomar las propias decisiones y para asumir las consecuencias de los actos.

 Relaciona la exigencia y el esfuerzo con los desarrollos morales e intelectuales.

 Al proponer actividades y proyectos tiene siempre en cuenta proporcionar una buena posibilidad de éxito que les dé seguridad y aumente la autoestima.

 Valora, anima, reconoce, alaba, escucha con atención y produce observaciones sinceras y constructivas

 Es afectuoso, flexible, estricto en los compromisos, da ejemplo e inspira confianza.

 

Tomado de: Revista Internacional Magisterio No. 56. Educación e inclusión

 

Foto de Universidad EAFIT.  Tomada de Flickr