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Bitácora de viaje de la Kombi cholulteca

Por Sandra Patricia Ordoñez
Magisterio
09/10/2017 - 15:45
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Foto tomada de Revista Internacional Magisterio No. 88

La Kombi es una furgoneta Volkswagen de esas que quieren carretera y avanzan sin premura rompiendo el viento. La compraron en la ciudad de Cholula, en el Estado de Puebla, en México, y tuvo dos años de metamorfosis hasta el día en que estuvo lista para prestarle ruedas y panorámico a la travesía. Hace ya nueve meses que viene rodando con Bruno y Annaid a bordo. Bogotá es el nuevo paisaje si miran hacia afuera, y al sur, en Argentina, está su norte.

 

 

La largada…

─Yo soy profesor. Impartí clases en Argentina, luego fui a trabajar a México con la idea de seguir aprendiendo… Pero aunque en la fundación en la que estaba hacían cosas distintas, yo sentía que estábamos dentro de la misma lógica en la que el profesor tiene la razón y el estudiante tiene que seguirlo. Hasta que dije: “Esto no me está aportando nada”, y empecé a ver qué posibilidades tenía: hacer una maestría quizá… pero eso era como reproducir lo mismo que estaba criticando. Y por otro lado yo tenía este proyecto de la Kombi, de viajar por América Latina, recorrer todos los países y volver. Siempre había sido un anhelo de mi vida. Y entonces dije: “Ya fue: me voy a recorrer América Latina visitando proyectos educativos, escuelas que estén aplicando innovación en el aula o pedagogías alternativas aplicadas al contexto”. Investigué, armé una ruta preliminar, y en medio del proceso conocí a Annaid, le conté y le dije: “Este es el proyecto. ¿Qué te parece? ¿Querés venir o no?”. Y quiso.

 

─A mí me llamó mucho la atención. Yo siempre he creído que el movimiento es la base de todo y que si no hay movimiento estamos perdidos. Cuando Bruno me contó, descubrí que hay muchos proyectos que proponen la educación por medio del arte y la cultura y, como yo soy diseñadora, eso me atrapó. Así que me sumé al proyecto.

 

Épica

─Veníamos de Nicaragua y mucha gente nos había hablado de Costa Rica. Todos nos decían que era un país maravilloso, que la gente era muy amable, que el paisaje era extraordinario. “Ves monos por todos lados, se te cruza una iguana, le das de comer a los tucanes en la carretera…”. Y luego algo pasó. Y no es chiste, pero íbamos por la carretera con sol, y apenas entramos en Costa Rica todo se nubló.

─Tardamos en la frontera.

─Como siempre que entrás con un vehículo.

─Y luego comenzamos a ver las estaciones de gasolina, que es lo primero que monitoreamos al llegar a un país, y vimos los precios y dijimos: “Bueno, está algo caro, pero no importa, es Costa Rica y nos va a ir increíble”. Pero en la primera ciudad a la que llegamos nos dijeron: “Quizá no lo saben, pero va a haber un huracán”.

─Pasamos dos noches de pesadilla. Los vientos huracanados nos movían la Kombi, todo se nos llenó de agua, fue bastante difícil, pero eso fue todo. Sin embargo, las ventas estaban difíciles, entonces metimos la Kombi por donde no era y casi se nos funde el motor.

─Entonces comenzamos a replantearnos todo: ¿de veras íbamos a poder seguir? ¿Iba a funcionar?

─Y como estábamos relativamente cerca a México, nos asaltó la idea de volver. Pero al llegar a San José, y a punto de partir, conocimos a una familia que nos ayudó mucho, conocimos a un mecánico que nos hizo el trabajo gratis y justo conocimos a un chico que era director de proyectos de una escuela que tiene un programa de innovación en ecología, quien nos llevó a un evento con mucha gente del área educación.

─¡Se abrieron las puertas de par en par!

─La noche del evento conocimos a un chico que trabaja el modelo Fontán y vimos cómo los chicos aprenden de manera individual, siguiendo cada cual su propio ritmo y sus propios intereses. A una edad temprana se plantean sus objetivos y aprenden a marcarse una ruta para poder cumplirlos.

─Después fuimos al colegio con innovación en ecología y conocimos un proceso sustentable de recuperación de aguas contaminadas con asesoría especializada.

También conocimos de una experiencia de Reggio Emilia, y vimos a los papás ser parte de la educación en la primera infancia de los chicos, en un modelo de aprendizaje con un carácter más intuitivo.

─Así que finalmente fue lindo nuestro paso por Costa Rica.

─ ¡No vimos muchos tucanes, pero ahora tenemos a quien volver a visitar! Y el viaje continuó.

 

El tiempo

─Grabamos un poco y escribimos mucho. Tenemos cerca de 15 o 20 horas de material grabado, de entrevistas, de algunas imágenes que tomamos. La idea es editar un microdocumental. Me encantaría hacer siete horas de documental, pero nadie se va a sentar a verlo. Quizá hagamos cuatro documentales de diez minutos.

─Eso también lo vamos viendo todo el tiempo y lo vamos transformando… ¿y qué tal si hacemos una aplicación, o un libro?

─De hecho, aquí en Bogotá, nos encontramos con unas personas que están involucradas en tecnología y nos ofrecieron trabajar en conjunto para hacer algún formato más tecnológico, más innovador. Eso sería muy bueno, porque queremos llegar a mucha gente. No serviría de nada hacer semejante viaje si luego lo metemos todo en un archivo o lo dejamos en la página de Facebook. La idea es generar un debate. Mostrar que no hay una sola manera de educar, que hay muchas educaciones en marcha y que todas son valiosas y válidas. Y también queremos poner de manifiesto la importancia del tiempo de la educación. El tiempo del encuentro en la escuela es valioso, ¡el tiempo de cada estudiante es valioso! y no podemos permitir que se pierda en una educación que sea ineficiente para las personas.

 

Cuando lo extraordinario se vuelve cotidiano

─Por primera vez en mi vida siento que todos mis días son diferentes. Ya no hay un día igual al otro, y me ha pasado que me despierto y no sé dónde estoy.

─Eso es muy loco.

─Hace que todo tu día cambie. Y tú cambias con los días.

─La vida viajando nos encanta y hemos conocido mucha gente que lleva años viajando. Pero a mí también me gusta el hecho de tener una casa, ir al mercado, cocinar, ver a tu mamá con regularidad… O sea, sabemos que esto, que es extraordinario, es por un tiempo y así lo entendemos.

Hay quienes nos plantean que cojamos la Kombi y nos vayamos a África… Sería interesante, pero siento que el impacto real que tendríamos si estamos en algún lugar, que puede ser Argentina o México, sería mucho mayor. Porque hoy estamos conversando con ustedes y nos publican, pero en dos meses quién se acuerda de la Kombi cholulteca en Bogotá. Pero si te estableces en una ciudad, puedes desarrollar tu propia propuesta pedagógica y generar un impacto permanente y creo que eso es mucho más valioso. Así que el viaje no va a terminar nunca.

 

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Todos sabemos algo, todos ignoramos algo. Por eso aprendemos siempre”.

─Yo pensaba en hacer la maestría, pero siento que he aprendido muchísimo más en este viaje. Si la hubiera hecho, habría investigado sobre algún proyecto de innovación y quizá habría ido a conocer escuelas en Singapur, pero ¿qué tan escalable es Singapur en América Latina? ¡En cambio, hemos visto tantos proyectos en América Latina que pueden ser escalables!

─ Es que tenemos contextos parecidos. Por eso todos tienen algo que aportar y eso es maravilloso.

─ A veces existe un cierto desprecio, una cierta arrogancia frente a las experiencias más cercanas: hay gente en Argentina que dice: “¿Qué tiene El Salvador para enseñarnos a nosotros? ¡Hay que mirar a Finlandia!”. Pero uno de los leitmotiv de nuestro viaje es una frase de Paulo Freire que de hecho la pusimos en una de nuestras postales: “Todos sabemos algo, todos ignoramos algo. Por eso aprendemos siempre”. Entonces sí, claro que en todas partes hay gente que puede enseñarnos mucho. Yo era un poco más cerrado. Ahora sé que a donde vaya voy a aprender y que no tengo que ir a Harvard para eso.

 

Dínamo

─La educación tiene que ser un proceso dinámico, pero no en el sentido de decir metamos unas tabletas o unas notebooks. Dinámico significa que cada uno pueda evolucionar de acuerdo con sus capacidades, con el desarrollo de cada una de sus habilidades. Y América Latina tiene que mirar para ese lado, dados su riqueza y su diversidad. Ahora hay un debate muy fuerte en Colombia sobre el currículo único. Y los currículos únicos son muy peligrosos porque ordenan: “Tú vas a aprender esto y te vas a dedicar a esto”. Pero la educación no puede ser estática, cerrada, ni puede cortarle las alas a la gente. Tiene que ser como este viaje.

 

Mi favorita del mundo

─A veces todos nos encontramos con proyectos que nos hacen pensar acerca de lo increíble que es que se pueda adquirir conocimiento de esa forma. A mí me pasó en Guatemala y siempre lo cuento; esa experiencia es mi favorita del mundo: cerca de Antigua trabajan con niños de muy bajos recursos y los ayudan a aprender en su contexto por medio del rap, del Break dance, del grafiti, del Freestyle. Es un enfoque artístico adaptado al contexto sociocultural, a mí me pareció algo increíble. Yo los miraba y pensaba que si yo, como diseñadora, hubiera podido tener una educación así, hoy sería un diez en creatividad.

─Los profesores allá no son grandes académicos: se han criado en esos mismos barrios y por eso tienen en cuenta la cultura y saben a qué responden los chicos y a qué no. A partir de eso generan la enseñanza. Es educación popular. No es algo loco ni muy novedoso, pero es valioso.

 

La tirolesa: en clave de sí

─ La educación libre para mí tiene un plus extra por sobre cualquier pedagogía. O sea que un chico pueda aprender cálculo o matemáticas a partir de hacer una tirolesa. Por poner una soga entre dos árboles y calcular la caída. Que se pueda deslizar por ahí y experimentar la gravedad, el rozamiento. Los vimos: un día vieron una tirolesa en algún lado y dijeron: “Vamos a inventarnos una”, y un profesor estuvo acompañándolos acompañó en ese proceso, entonces aprendieron mil cosas jugando. Bueno, no todos los padres querrán eso para sus hijos y nosotros no abogamos para que todo sea educación libre o popular. Pero qué bueno que exista todo esto. Que haya una escuela pública que pueda ofrecer eso.

─Que tengas la oportunidad de elegir…

─ O sea, hay millones de genios en los barrios más pobres de Bogotá y de América Latina. Pero, pobrecitos, están supeditados a… ¡incluso a la Tablet! Y la Tablet no tiene lo que ellos necesitan. A lo mejor lo que necesitan es un tarro de pintura. Los grandes creemos que tenemos que decir cómo tienen que aprender los chicos porque hemos vivido más tiempo que ellos. Pero ellos están viviendo su tiempo. Tenemos que permitirles que descubran sus propias claves.

 

El oso

“El Oso” es un chico con el que estuve en Querétaro: en ese momento tenía trece años e iba a una escuela “articular”, donde cada cual iba a su ritmo y tenían una seudopedagogía libre adaptada al contexto. Su sueño es jugar en la NBA y tiene todas las condiciones. Y lo tenía claro: “Tengo 13 años ─me decía─ y voy a rendir toda la escuela libre para irme a una universidad en Estados Unidos, conseguir una beca y jugar en el baloncesto universitario”. ¡Genial! ¡Ese chico está buscando su sueño y no está obligado a ir cuatro, cinco, seis años a la preparatoria! En este modelo, como en el Home schooling (conocimos una experiencia en San Cristóbal de las Casas, en una zona rural en el Estado de Chiapas en México), los chicos pueden desarrollar sus habilidades libremente, están enfocados y te sorprenden.

 

De sueño y de sueños

En Costa Rica una chica nos contó que la habían sancionado por dormirse en clase. ¿Acaso el profesor no tiene también la culpa de que se duerman en su clase porque es aburrida? No digo que los profesores seamos malos, pero la responsabilidad de la educación es de todos.

─Y si hubiera la posibilidad de elegir, quizá eso no pasaría. Yo podría estar en la misma clase con ella y encontrarla muy interesante, pero a lo mejor ella necesita algo diferente. El problema es que no tiene opción: si buscara algo distinto, no podría terminar la secundaria, que es lo que le importa ahora. Entonces no es que todo esté mal, sino que simplemente deberíamos tener la libertad de elegir cómo aprender.

─La idea es que todas las opciones sean reconocidas oficialmente.

─Y que la educación te sirva para llegar a donde quieres.

─Que te permita, para empezar, soñar un norte y trazar tu ruta.

 

Atosigados

─Ahora hay un debate muy candente en Estados Unidos, Europa y Asia sobre qué tan valiosa es la universidad para que luego te contraten para un trabajo. Obviamente nosotros trabajamos en educación y no podemos tener el parámetro de Google. Pero que Google o Apple no contraten tantos universitarios dice algo: tal vez ya no vale gran cosa tener un título de doctorado. Y es que en los doctorados las personas se centran en unas investigaciones tan cerradas, tan académicas, que uno se pregunta a quién le importa realmente eso. Entonces hay que pensar si es tan necesario que todos los chicos vayan a la universidad, si es tan necesario que los tengamos tan atosigados doce años en la escuela para que después vayan a la universidad y sean lo que no quieren ser. Sería lindo que todos los aprendizajes surgieran de propuestas pedagógicas innovadoras y que al encontrarnos los unos con los otros pudiéramos enriquecernos a partir de esa diversidad.

No estoy atacando a la escuela tradicional por atacarla. Simplemente es bueno que exista la escuela tradicional y que haya otras opciones.

 

Volver a la carretera

─Hay un momento en el que todo vuelve a ser un poco estático donde llegaste, entonces querés un poquito más de desafío, un poquito más de aprender otras cosas. Uno cree en algún momento que ya lo vio todo, pero siempre llegas a otro sitio, ves dos o tres experiencias que te sorprenden de nuevo y comprendés que no has visto nada, que todo te espera todavía más adelante en el camino. Entonces volver a la carretera es lindo, porque aquí hay tanta gente interesante. Pero ¿cómo no va a haber gente interesante en Ecuador, Perú, Bolivia, Chile…? ¡Siempre hay! Entonces vamos con el corazón en lo que viene.

─Pero también se queda el corazón en algunos lugares. No hay ningún país del que yo me haya podido ir sin llorar. Luego hablo con la gente y cuando termino se me hace un nudo en la garganta, ese nudo de “¡Cómo los extraño!”. De todos lados me voy llorando porque aprendes tantas cosas que te dejan y también dejas una parte de ti en cada lugar.

 

El paréntesis del tránsito

─De camino para acá se nos atravesó un camión. Fue bastante feo, pero me tiré a un costado de la ruta, me bajé y me saqué la mala energía. Es así, porque si no, sigues manejando tenso. Ya entonces podés seguir. Y seguís. Y no se puede no pensar en los miedos en ese momento de paso entre lo que dejaste y lo que viene. ¿Qué va a pasar en la frontera?...o ¿la Kombi nos seguirá acompañando? Y se piensa mucho también en las ganas de llegar.

Un día avanzamos de Cartagena hasta Medellín, que son como 700 kilómetros, y le digo a mi mamá: “Estoy 700 kilómetros más cerca de ti”. Uno piensa también en los afectos. Para Ana es al revés: “Estoy 700 kilómetros más lejos de ti”. Se piensa mucho en la familia, en los amigos. Cuando estás en la carretera, el proyecto descansa, hasta que llegamos a un nuevo lugar. No avanzamos por la carretera pensando en educación. Pensamos en dónde vamos a parar, dónde vamos a dormir, si habrá un lugar seguro, dónde cobrarán menos…

─ ¡Y cantamos!

 

La vida…

─Nos hemos conocido mucho, tal vez más de lo que quisiéramos.

­─Nos hemos peleado en todos los países.

­─A veces es complicado estar todo el tiempo juntos en un espacio de tres metros cuadrados.

─Pero también hay momentos muy buenos.

─Y vamos aprendiendo también el uno del otro todo el tiempo.

─Y es bonito cuando te despiertas, lo ves y dices ¡Qué bueno que está aquí!

 

El té

El sabor del té es intenso y la postal agradece el tiempo del encuentro. Los viajeros ya ejecutaron el acto final, el de los mercaderes, y se lanzaron de nuevo a la aventura. Venden té, venden postales, venden sueños, y ya deben estar monitoreando el costo de la gasolina en la frontera ecuatoriana. Viviendo sus días dispares, sus noches desasidas, y preguntándose, por fracciones de segundo, dónde es que los sorprende la luz blanca de la madrugada. Van detrás de una quimera, y, como su travesía, esa quimera es un viaje interminable. Crecer, aprender, tirarse de vez en cuando a un lado de la carretera y darse la pausa para sacudirse el miedo. Abrazar el horizonte, quedándose de a poco en todas partes, y preguntarse por lo que viene, cantando en la incertidumbre, confiados en el buen auspicio de su voluntad errante. Ansiando la llegada. El abrazo. Y sabiendo que nunca se llega del todo, como nunca se parte entero. Pero con vocación de raíz y de fruto. Una escuela espera, la que aún no existe, la de ellos, otra.