Moneda

Síganos

Tu carrito

Tienes (0) productos $0
ANUNCIO
web_banner_1115x116_1_1.png

3 reflexiones para entender el miedo a la escuela

Por Philippe Perrenoud
Magisterio
14/09/2018 - 12:30
0
Foto de sebra. Tomada de Adobe Stock

Los docentes preferirían pensar que la escuela es simplemente el receptáculo impotente de la miseria y de la violencia de la sociedad, de las familias, del mundo económico. Lamentablemente, algunos estudiantes le tienen miedo a la escuela o tienen miedo a causa de ella.

1.  Algunos temen a las reacciones de sus padres ante las evaluaciones y comentarios provenientes de la escuela. Los docentes no son entonces la fuente directa de la amenaza. Tal vez, no tienen siempre suficiente imaginación psicológica y sociológica para comprender que una mala calificación, un castigo, un comentario negativo en el boletín – “No es suficientemente atento”– pueden provocar reacciones exageradas en algunos padres inquietos, o en aquellos padres donde la violencia verbal o física es el único modo de tratar una “mala conducta” de los hijos. Los ciclos mal comprendidos pueden agravar la inseguridad de algunos padres de familia y avivar tales reacciones. Es el diálogo familia-escuela el que hay que desarrollar globalmente, con una conciencia más aguda de las diferencias culturales en las representaciones de los riesgos, de las faltas y de las sanciones. Una pedagogía más activa y una evaluación deberían ayudar, en un sistema de ciclos, a disipar algunos temores.

En el caso de otros niños, el temor no es generado por los golpes o los reproches, sino por la solicitud excesiva o la angustia desmesurada de su familia. Sus deberes son controlados, “las palabras de la semana” son dictadas varias veces a la semana, se hace de la casa una escuela (cálculo mental, conjugación) se preparan los exámenes con ellos. Los ciclos, por lo menos al principio, podrían agravar esas respuestas obsesivas y perseguidoras, aumentando la angustia de una parte de los padres que tendrían la idea de que ellos dominarían todavía menos el éxito escolar de sus hijos, por no entender bien el funcionamiento de un ciclo de aprendizaje plurianual. Una razón más para explicar que “lo mejor es enemigo del bien” (Perrenoud, 1998b) y que lo peor sería, para los padres, querer rescatar la escuela de su infancia, cuando los programas, la evaluación y la organización del trabajo cambiaron, mucho antes de los ciclos, pero también con los ciclos y a causa de ellos.

+Lea: Familia – Escuela: un binomio inseparable cuando se habla de educación hoy

2.  Para algunos niños, el miedo a la escuela es antes que nada un asunto interno entre ellos, el conocimiento y los docentes. No es que sean maltratados o amenazados, es que se toman tan enserio las tareas escolares, que se sienten constantemente en estado de carencia, amenazados por no saber, de no recordar las lecciones, de hacer mal las cosas, de equivocarse, en fin, de no estar a la altura de las exigencias de los otros. Cuando el aprender se convierte en una obsesión, cuando uno no acepta la idea de no dominar inmediatamente y con perfección lo que se debe aprender, la vida se convierte en un infierno; y un día de escuela, en un trayecto de combatiente. La escuela puede alimentar este perfeccionismo y el miedo patológico al error. Mientras el error se considere una falta, un signo de pereza, de falta de atención culposa, de mala voluntad o de falta de inteligencia, más que una herramienta para enseñar (Astolfi, 1997), los estudiantes más angustiados tendrán la tendencia a desarrollar su perfeccionismo. Los ciclos de aprendizaje se construyen sobre la idea de que los aprendizajes son parte de un proceso que se desarrolla a largo plazo, a través de la asimilación de ciertos conocimientos fundamentales y de la construcción de competencias mayores. Los ciclos no valoran la cantidad de ejercicios bien realizados o la perfección del producto, sino la comprensión y la asimilación del conocimiento, y el entrenamiento para su utilización en situaciones complejas. Esta actitud, fundamentalmente correcta en relación con lo que se sabe hoy del aprendizaje puede, con todo, aumentar la angustia de una parte de los estudiantes, aquellos que el “productivismo” tranquiliza, aquellos que tienen necesidad de hacer más que los otros y de compararse constantemente con los vecinos, en una misma tarea, para tener la conciencia tranquila. Es entonces importante trabajar regularmente con los estudiantes (y sus padres) sobre la relación con el conocimiento y sobre las representaciones del aprendizaje. La escuela no crea, o no crea sola, una relación obsesiva con el éxito, pero tiene la responsabilidad de desactivarlo progresivamente, porque impide aprender cuando la construcción de conocimientos y de competencias implica distancia, juego, curiosidad, cooperación más que un trabajo obstinado, solitario y sin fallas.

3.  Finalmente, algunos niños no pueden vivir serenamente la escuela porque se sienten amenazados por las expectativas de los docentes, por las tareas, por las condiciones de trabajo. Todavía quedan profesores sádicos y asustadores, otros que aterrorizan a los estudiantes involuntariamente, porque son severos, fríos, irónicos, o con una exigencia inflexible. Es posible que el trabajo en equipo represente un instrumento de cambio, principalmente para aquellos docentes que no son conscientes del efecto que producen. Pero el problema principal, no me parece que esté en el orden de las actitudes negativas de los docentes, sino en los efectos inesperados de la organización del trabajo. Para un maestro es difícil imaginar que, cuando solicite que todos traigan un objeto insólito para el día siguiente, esta solicitud suscite, en algunos estudiantes, o hasta en la familia, un verdadero pánico; es difícil imaginar que un estudiante pueda huir de la escuela porque no sabe en qué grupo está; es difícil evaluar que una situación-problema pueda crear angustias metafísicas o vivos conflictos interpersonales. En razón de la complejidad de la organización del trabajo, pero también de las pedagogías activas y diferenciadas que invocan, los ciclos de aprendizaje plurianual pueden llevar a ciertos estudiantes a caer en situaciones difíciles y paralizantes, sin que los docentes se den cuenta inmediatamente. Cuando se domina la complejidad y se tolera una parte del desorden temporal, es difícil imaginar lo que viven
los estudiantes que no tienen una visión general y se encuentran  confrontados con tareas que van más allá de sus posibilidades, o son inmersos en grupos cuya razón de ser no entienden.

ANUNCIO
banner_magisterio_336x280_1.jpg

En relación con estos aspectos tan diversos, los ciclos de aprendizaje no pueden hacer milagros. Paradójicamente porque podrían agravar las cosas, también puede mejorarlas, obligando a tomar conciencia de los riesgos que, en una organización de grados anuales, quedan banalizados o desapercibidos.

+Lea: Una escuela diseñada por un maestro espiritual

Título tomado del libro: Los ciclos del aprendizaje. Autor: Philippe Perrenoud. pp.64-67

Foto de sebra. Tomada de Adobe Stock